La
insoportable levedad del ser
¿Podría haber sido ÉL? Seguramente
sí y aunque no me di cuenta en aquel momento, ahora
con el paso del tiempo lo veo como una posibilidad clara
y real. Pero ya de nada sirven los lamentos y sé
que tendré que soportar la carga de no saber y no
vivir lo que pudo haber sido.
No recuerdo su nombre ni dónde vivía o qué
era lo que le gustaba. Pero sí puedo rememorar claramente
sus ojos que eran intensamente oscuros, de tal profundidad
que parecían leer mi alma en tan solo dos pinceladas.
Su mirada trasmitía las virtudes que siempre consideré
como las máximas de una buena mirada: Poder, serenidad,
admiración y confianza. En él todas se reunían,
lástima que lo olvidara. También recuerdo
su voz que era dulce y pausada, integrante, conciliadora,
amable, varonil y muy humana. Solo crucé con él
cuatro palabras aunque solía escuchar como adulaba
a su amada.
Coincidí con él hará unos cinco años
en una empresa en la que trabajé como recepcionista
durante unos meses. Su novia era una de mis compañeras,
una tal Marta. Jamás pude entender que podría
haber visto en ella, pues no la recuerdo con ninguna virtud
especial, si no más bien, me parecía una persona
tosca, egoísta, interesada, que solía mirarme
con remilgo sin saber exactamente porqué, pero lo
cierto es que nunca sentí hacia ella ninguna confianza.
Tampoco llamaba la atención por su belleza o su personalidad.
Simplemente me parecía insulsa, sin ninguna gracia.
Él en cambio me parecía un chico guapo, agradable,
pero sobre todo me encantaba como la hablaba y trataba.
Creo recordar que era informático y cada vez que
entraba o salía la lanzaba una de sus miradas y su
sonrisa sin duda delataba el enamoramiento que sentía
hacia Marta. Sin embargo ella siempre pasaba y nunca la
vi feliz ni ilusionada. ¡No podía entenderlo!
Estuve presente en algunas de sus conversaciones y sin duda
era claro que no pegaban nada. Yo le entendía tanto
a él y tan poco a ella, que sólo pensé
que cupido no había acertado y había lanzado
la flecha a la persona equivocada.
Pero lo que realmente me llamó la atención
de él, lo que hizo que hoy le recordara y que descubriera
que fue mi imago en la nada, fue cuando vi el libro que
le regaló a Marta. Era el libro, que siempre hubiera
deseado que un hombre me regalara. Cuando ella abrió
el regalo y lo vio, sé con total seguridad que no
le gustó. Simplemente lo ojeó y mientras lo
hacía pude ver que estaba dedicado, de lo cual ella
ni siquiera se había percatado.
Era la "Insoportable levedad del ser" de Milán
Kundera. En sus páginas yo había descubierto
la auténtica belleza de lo perfectamente definido.
Dejarme por favor que os embalsame con sólo algunas
de sus palabras: "¿Qué es el vértigo?
¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué
nos da también vértigo en un mirador provisto
de una vaya asegurada? El vértigo es algo diferente
del miedo a la caída. El vértigo significa
que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae,
nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del
cual nos defendemos espantados". ¿Y qué
tal está otra de sus muy acertadas definiciones?:
¿Qué es la coquetería? Podría
decirse que es un comportamiento que pretende poner en conocimiento
de otra persona que un acercamiento sexual es posible, de
tal modo que esta posibilidad no aparezca nunca como seguridad.
Dicho de otro modo: la coquetería es la promesa de
coito sin garantía." Y por último recuerdo
con qué sensibilidad distinguía entre el deseo
de hacer el amor con una mujer y el de dormir con ella:
"Dos pasiones no solo distintas, sino casi contradictorias.
El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien
(este deseo se produce con una cantidad innumerable de mujeres),
sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se
produce en relación con una única mujer)".
Lo leí en un momento muy especial para mí,
quizás de los mejores que he tenido. Fue cuando se
empezaron a abrir las cárceles mentales en las que
había estado sumida, cuando acababa de regresar de
mi cuento de hadas que había vivido en 43 semanas,
cuando creía haber rozado unos instantes de felicidad
y entonces regresaba al sinsabor del despertar de mi sueño
para darme cuenta de que quizás todo había
sido una farsa. Pero conseguí con un montón
de pequeñas cosas florecer de la nada, entusiasmarme
de nuevo, sentir todo como un cuento en el que pasan cosas
buenas y malas y seguir adelante y no solo recuperarme,
sino también aprender de mis errores y engrandecerme.
Y en eso sí, en eso sí, Kundera, sin tú
saberlo, tú también me ayudabas.
Pero volvamos a la figura antes mencionada. Mi imago, mi
hombre ideal realizado. Sí, en tan solo unos días
que te conocí ahora veo que aquello que ahora busco
entonces lo atisbe, pero como tu vida estaba ocupada y te
vi tan cegado, nunca quise interferir en una historia que
no me pertenecía. El último día de
trabajo cuando me fui a despedir te vi por última
vez y note tu mirada mucho más apagada, pero no te
pregunté nada, no tenía tal confianza. Entonces
alguien me comentó que te había dejado Marta.
Me da pena y rabia porque sé que en un efímero
momento puede encontrarse todo aquello que buscamos y estoy
segura de que mi intuición no me delataba. Pero no
hubo ninguna casualidad que nos uniera, no pasó nada.
Como decía Kundera: "¿un acontecimiento
no es tanto o más significativo y privilegiado cuantas
más casualidades sean necesarias para producirlo?
Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como
un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo
que se repite todos los días es mudo. Sólo
la casualidad nos habla (...) Si el amor debe ser inolvidable,
las casualidades deben volar hacia él desde el primer
momento".
Pero no, con nosotros no se juntaron encuentros casuales,
no se produjeron coincidencias y quizás por eso,
porque quien mueve nuestros hilos nos los puso cerca para
que se enredaran, quizás ya no te encuentre nunca,
quizás eras tú… Y me quedo con la carga
de saber que te tuve cerca pero que ya no te tendré.
Y aunque pese sobre mí siempre esa carga, aunque
lo sepa, la quiero y revivo con ella, porque como Kundera
contaba "la carga más pesada es la imagen de
la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más
pesada sea la carga, más a ras de tierra estará
nuestra vida, más real y verdadera será"
"La ausencia absoluta de carga, hace que el hombre
se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo
alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que
sea real solo a medias y sus movimientos sean tan libres
como insignificantes".
Gracias Kundera, ¡! Soportaré bien esa y cualquier
otra carga...!!
Madrid. 18 de Diciembre de 2003 S. ALONSO
|