El 19

Todos queremos ser ella

Obsesión soñada

La insoportable levedad del ser

Las contradicciones de la vida




 

 

A Olga

Siempre ibas corriendo pero nunca llegabas a tiempo. No sabías exactamente porqué ocurría, qué era lo que hacías mal. Pero siempre se veía a lo lejos tu imagen pizpireta y desgarbada intentando alcanzar el tren. Pero nunca lo conseguías y aunque empezabas a perder la ilusión, en el fondo no desesperabas.

Aquel día era uno como otros, nada especial hacía presentir lo que ocurriría. Otro día más sumida en la rutina cotidiana, sin noción del tiempo, dejándote llevar por los acontecimientos del momento, cuando de pronto a las 17:17 hora local de Madrid, las 03:03 en Tokio, las 06:06 en Los Ángeles, las 20:20 en Moscú, casi como una aparición, el tren se dispuso delante de ti con una suavidad tal, que parecía hubiera estado parado por siglos únicamente esperando tu llegada. En el mismo instante en que diste el último paso la puerta se abrió ante ti como si se hubiera activado un sensor que reconociera tu presencia y te invitaba a traspasarla. Era como si de pronto todos los elementos y fuerzas del universo se hubieran unido al unísono para hacerte sentir la protagonista de la historia.

Por fin después de muchos años se te abría la puerta de un nuevo trabajo, una nueva vida, un nuevo domicilio. Te mandaban a la costa como directora de una productora y en ese momento te sentías dueña de tu destino. Tu mente no paraba de imaginar los parajes a los que llegarías, la nueva gente a la que conocerías, las experiencias tan intensas que te estaban esperando. Y al mismo tiempo pensabas cómo reaccionarían tus amigas, tu ex amante, tu amante, aquel de quien te enamoraste, tu familia, tus conocidos, tus antiguos jefes…cuando supieran que sí, que esta vez sí lo habías cogido a tiempo y no lo ibas a dejar escapar.

El encuentro con el abismo de lo inexplorado, la tentadora y cegadora apertura de un nuevo camino en tu vida te producía sentimientos contradictorios: mezcla de alegría y emoción por lo ansiado del momento, por saber que ahora alcanzarías a llegar a sitios y lugares desconocidos de los que habías oído hablar pero no habías tenido ocasión de experimentar, mezclado al mismo tiempo con un temor intenso pero dulce ante lo imprevisto y lo desconocido.

Tu cabeza casi de forma inconsciente imaginaba en un solo instante todos los cambios que se te iban a presentar a partir de aquel momento. El giro de 180 grados que imaginabas ocurriría a velocidad de vértigo, te hacía sentir como aquél que ha encontrado su barca con la que cruzar el inhóspito y desconocido río. Al mismo tiempo mirabas con ternura lo que dejabas a la otra orilla, la gente que te quiere y que siempre te apoyó, tal y como eras, queriéndote como única, sin ser nadie especial al mismo tiempo. Pensabas que al cruzar la orilla no sólo te alejabas de lugar y situación sino también de ellos. Pero Olga querida, no sabes que las almas vuelan más lejos que ningún ave y que allí donde estés siempre habrá una parte de nosotros. Y conocerás a otra gente y vivirás nuevas experiencias y circunstancias que te engrandecerán. Otras por el contrario te devolverán de nuevo a la banalidad de la existencia. Pero Olga, si eso lo compartes, lo viviremos juntas y lo disfrutaremos tanto como hemos hecho en innumerables momentos y así nos llegará a cada una hasta el más mínimo reflejo de algunos de nuestros triunfos y mejores momentos.

Eran las 17:17 hora local de Madrid, las 03:03 en Tokio, las 06:06 en Los Ángeles, las 20:20 en Moscú y en ese minuto tan efímero y tan interminable al mismo tiempo, Silvia daba el sí quiero en la catedral de Toledo, el azul tenue se había tornado intenso demostrándole a Naiara, su estado de buena esperanza, Eva estallaba de emoción al comprobar que los números de su boleto coincidían con los premiados en la Lotería, Mayte por fin había sentido un remolino de emoción incontenible cuando se reencontró con Pablo después de tantos años y de tan larga espera, Lydia escuchó su primer te quiero, las lágrimas salieron a raudales por los ojos de Cristina al ver como su perro la reconocía, Gebeve vio como su siembra renacía de la nada, a Alfredo le llegó la inspiración para escribir los compases de una fantástica sinfonía, Charles abandonó su acomodada vida para lanzarse hacia aquello que siempre deseó y Enrique por fin comprendió el sentido de la vida...

Olga, por primera vez desde hace mucho tiempo el tren se ha parado en tu estación, la estrella fugaz ha seguido tu mirada, la pluma cayó en tus manos, encontraste el trébol de 4 hojas… Estos instantes, estos precisos instantes de emoción intensa, son sólo tuyos, vívelos tanto como puedas, porque también en ese mismo momento, en ese fatídico minuto, las 17:17 hora local de Madrid, las 03:03 en Tokio, las 06:06 en Los Ángeles, las 20:20 en Moscú, mientras la mayor parte de la humanidad ni siquiera era consciente de el tiempo, Andrew supo que tenía Sida, Belén fue arrollada por un autobús, Mohamed exhalaba el último aliento, Jacinto pilló a su mujer con su mejor amigo, Gisela se marchó a dormir por última vez bajo el influjo de más de 40 pastillas, una bomba cayó en mitad de la explanada y acabó con toda esperanza de Graciella, Jin Xu moría desangrada, María lloraba, 1.001 parejas se separaban, 130 mineros perecían bajo tierra, más de 15.000 niños morían de hambre en Ruanda, el vendaval acababa con los sueños de la casa recién comprada, José le dijo a Ryan que ya no le amaba…

La vida no es fácil Olguita y tú lo sabes. Y si luego descubres que no, que el trébol no era de 4 hojas, que era de 3, o que el mar que tanto ansiabas ahora te ahoga, o que la soledad te rodea ante lo desconocido, o que la lágrima de emoción se ha tornado en rabia, o que aquello que tanto idealizaste se ha trasformado en rutina... cuando tengas esos momentos… túmbate en la arena fría de la noche estrellada y cuando veas la estrella más grande pasando de volada, piensa que somos nosotros, que estamos ahí, llevándote nuestra energía y nuestra magia haya donde vayas.

Felicidades Olga ¡Disfruta de tu nuevo trabajo y tu nueva vida ¡

Madrid. 1 de diciembre de 2003 S. ALONSO