Obsesión soñada

Todos queremos ser ella

A Olga

La insoportable levedad del ser

Las contradicciones de la vida




 

 

El 19

Mierda las ¡12:00! No me lo podía creer. Llevaba toda la semana, día tras día, esperando, deseando, anhelando que llegará el sábado para no tener hora en la que despertarme y dedicarme a uno de mis preferidos vicios y placeres: dormir, dormir tanto como mi cuerpo me pidiera, hasta la extenuación, dormir de forma extravagante, exagerada, revolcarme sobre mis sábanas, retozar en la cama, despertarme y volver a acostarme, practicar una y otra vez ese sutil juego entre la vigilia y el inconsciente que tan placentero me resultaba.

Sin embargo eran las 12:00, sólo había dormido cinco horas y me mente ya había empezado a trabajar a un ritmo frenético, descontrolado y enseguida me di cuenta que ya no sería capaz de volver a dormir en toda la mañana. De pronto pensé ¡las 12:00! Precisamente a esta hora él empezaba a trabajar. Hoy, día festivo nacional en el que tan solo unos pocos tenían que hacerlo, él volvería a recorrer por 3.054 vez, las mismas calles, las mismas plazas, los mismos semáforos, giraría las mismas curvas y repetiría ese mismo recorrido… ¿cuántas veces pensé? ¿Quizás 15 o 20 a lo largo de las ocho horas de su jornada laboral?...y mañana lo mismo y la próxima semana igual…Conducía la línea 19 por lo que su trayecto visitaba una de las zonas más nobles de Madrid, desde la Plaza de Cataluña hasta Legazpi pasando por la Plaza de la Independencia, bajando por el Paseo de la Infanta Isabel y regresando una y otra vez por Alfonso XII, Serrano, Velázquez …¿Quién le hubiera dicho años atrás que iba a conocerse palmo a palmo, esas calles tan inaccesibles, tan lejanas a su lugar de residencia, sus gustos y su propia vida?.

Le había conocido la noche anterior entre una jungla de más de 60 o 70 hombres que poblaban el local. No sé exactamente que fue lo que me llamó la atención de él, pero era algo demasiado sutil como para definirlo en pocas palabras. Sabía que él no respondía a la idea de tipo de hombre ideal que yo tenía en mi mente, de eso estoy segura, sin embargo me sentía como una muñequita entre sus brazos. Todo él derrochaba sexualidad y sensualidad y cualquier mínimo avance en la geografía de mi cuerpo era vivido con tal intensidad que su exaltado deseo incitaba el mío. Y sé que la curiosidad de lo no fácilmente accesible y el apetito por lo desconocido suscitaba en él cierta admiración y acrecentaba su deseo. Pensé que quizás estaría acostumbrado a un sexo fuerte, rápido y directo, y yo le ofrecía, le irradiaba inocencia, sutilidad, tranquilidad, calma y sosiego. Enseguida me di cuenta de lo mucho que eso le gustaba, cuánto más jugaba, cuánto más me quitaba y apartaba para luego volver hacia él, cuánto más infantil me sentía, más y más nos atraíamos... sin duda puntos opuestos de una misma moneda.

Sin embargo aquella noche no cogí su bus. Habíamos acordado unos momentos, unos instantes de intimidad aunque explícitamente íbamos a renunciar al sexo. Sin embargo de camino a mi casa su vida me pareció en un momento tan alejada de la mía, que me dio miedo, no sé si él o el dejarme arrastrar por su mundo…en ese momento yo ya no estaba segura de nada. Sólo sé que de pronto toda mi percepción sobre el cambió y mi cuerpo ya fatigado y mi mente ya entre sueños, sólo veía prejuicios en las diferencias. Quizás fuese porque íbamos en el coche con sus amigos y allí se manifestó tal y como era en realidad, una parte de su realidad, claro está. Pero desde mi punto de vista entonces me pareció grotesco y vulgar, su risa sonaba tan espantosa, tan exagerada, las palabras que salían por su boca tan nefastas, su barba, su pelo largo, sus amigos, su barrio, su trabajo, su música y su manera de llamarme constantemente NENA NENA NENA...todo era tan absolutamente diferente de lo que yo estaba acostumbrada, que en cierta manera estaba aterrada. Sé que lo notó, se dio cuenta de que cada vez me apartaba más y que en tan solo unos minutos había descubierto porque entornos giraba su vida.

Pero no puedo negar que yo me sentía al mismo tiempo profundamente atraída y repelida, ya que todo él era una absoluta contradicción entre su mundo exterior vulgar, mordaz y bastante macarra, de alguien que ha vivido y sufrido en la calle y que pretende auto convencerse, a fuerza de saber que nunca fue cierto, de que ha tenido una infancia feliz y de que nunca estuvo solo y desamparado, de que ha recibido una educación correcta, un cariño adecuado....y su mundo interior: dulce, palpitante, anhelante del detalle, de la sutilidad, de cariño que desechaba por cada uno de sus poros, de querer, de ofrecer y de dar aquello que siempre tuvo dentro pero que pocas veces pudo manifestar. Su trato conmigo durante la media hora que duro el trayecto fue totalmente exquisito, puro, de una delicadeza inusitada. Pero no sé, algo se cruzó en mi cerebro aquella noche. Me llevó hasta la puerta de mi casa y únicamente me pidió, hasta el borde de la súplica, que me dejara acostarme, que para el sería lo más de lo más, verme dormir, con los ojos cerrados y disfrutando de ese sueño placentero que tanto anhelaba... Sin embargo no le dejé, mis prejuicios, mis estructuras mentales más cerradas de lo que yo creía, me lo impidieron.

Me levanté a las 12.00 pensando que había sido una cobarde, una prejuiciosa, un ser superficial llevado por las apariencias y las exigencias de la sociedad que me rodeaba y me repetía a mi misma, tonta! tonta..!! Pero otra parte decía, ¡menos mal! cómo te ibas a ir con alguien así, qué dirían tus amigas, tu gente, tu familia... ¡me sentí deleznable!...pero lo que más me preocupaba es que en otro lugar de mi mente, el que entonces más pesaba, estaba tan deseosa de verle que incluso pensé que ese mismo día, en el que no necesitaba para nada el transporte público, quizás ese día cogería el 19.


Madrid. 1 de noviembre de 2003 S.ALONSO